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"Así se constituye la democracia en el planeta. Con los aportes sobre las formas de gobierno que hicieron Platón y Aristóteles, las luchas libertarias de las trece colonias en lo que hoy conocemos como los Estados Unidos y la lucha por los derechos liberales y económicos que realizaron los franceses en la revolución."

ESCUELA DEL BUEN VECINO / redaccion@forochat.com.co

Francisco Zapata Vanegas
Instructor Voluntario IVOL
Docente Lasallista, constitucionalista, abogado en ejercicio
Escritor en temás de Derecho Público
Universidad de Antioquia, Universidad Autónoma
todoelderechoasesores@gmail.com

Introducción y antigüedad clásica.

La democracia no es un sistema político que haya sido inventado en Grecia, pues las condiciones sociales de la antigüedad clásica en Grecia, entiéndase entre los Siglos V a C. y II de C. no daban cabida a un sistema político como este, pero sin duda ahí se establecieron los soportes de lo que hoy seria nuestro gran sistema político que tantos amigos y enemigos lleva consigo y que ha sido objeto de interpretaciones y reinterpretaciones que hoy nos obliga a preguntarnos ¿Qué es exactamente la democracia?, ¿sobrevivirá la democracia? O ¿está amenazada la democracia?, son estos los interrogantes sobre los cuales intentare abordar un panorama amplio de la democracia, destacando sus virtudes las cuales hoy se constituyen en herramientas para la convivencia, pero también haciendo énfasis en los problemas que hoy carga como lastre envenenado.

En Grecia, de donde se sigue repitiendo olímpicamente se invento la democracia, eso era un imposible, pues la sociedad era profundamente desigual, lo cual contradice uno de los principios sobre los cuales se soporta la democracia, que es precisamente la igualdad entre los miembros de la sociedad. Pues para la época, las mujeres, los esclavos y los extranjeros no gozaban de la plenitud de los derechos y en el ágora solo podían participar los hombres libres, civilizados, cultos y con capacidad económica. En consecuencia de ello, ahí no había lugar para la democracia como sistema político, pero se cierne sobre ello un componente ético y moral fuerte que sin duda si nos va a traer años más tarde la democracia.

Platón nos dejo planteados unos regímenes de gobierno, pero nos advirtió sobre sus degeneraciones, es así como la aristocracia, aquel gobierno que debía ser de los mejores hombres, puede terminar convertido en una oligarquía, cuando se subvierte los requisitos de los hombres capaces y educados, por aquellos que en el ejercicio del poder anteponen sus capacidades e intereses económicos en beneficio propio. La timocracia que bien pudiera ser un noble mecanismo para el ejercicio del poder, también se puede manchar, cuando lideres emergentes realizan cualquier actividad (legal, ilegal o inmoral) para acceder al poder, queda entonces la monarquía que suele degenerarse en una tiranía, y los gobiernos democráticos cargan consigo la demagogia.

De esa manera Platón (427-347 a. C) nos traza la línea sobre lo que será nuestro devenir en materia política. Destaca que la aristocracia después de convertida en oligarquía, termina siendo una plutocracia y que los gobiernos democráticos llegan a ser una oclocracia.

Aristóteles (384 a. C.-322 a. C.) por su parte reforzó las ideas de su mentor, pero amplió los conceptos de bien común y de participación, destacando la posibilidad de participación entre los hombres libres y entre los cuales se debía escoger el gobernante, que en todo caso, para evitar los defectos que se plantearon sobre cada una de las formas de gobierno, debía ser el rey filosofo; un hombre libre, culto, que practique la moderación y que tenga alejado cualquier interés particular al momento de ejercer el poder público. Curiosamente esta figura nunca se dio ni en la antigua Grecia, ni en ninguna de las civilizaciones que le precedieron, pero dejaron el legado conceptual de lo que corresponde a cada una de esas formas de gobierno y la manera como las sociedades se deben organizar para evitar caer en los defectos que se plantean de una u otra.
La democracia.

Tal como la conocemos en la actualidad soportada en principios de igualdad y libertad se concibe inicialmente en los Estados Unidos, cuando las trece colonias en su momento firman una declaración de libertad e independencia que significó precisamente la independencia de la Gran Bretaña, fue así como Thomas Jefferson, Benjamín Franklin y Jhon Adams, expresaron: “Por tanto, nosotros, los representantes de los Estados Unidos, reunidos en Congreso General, apelando al juez supremo del universo, por la rectitud de nuestras intenciones, y en el nombre y con la autoridad del pueblo de estas colonias, publicamos y declaramos lo presente: que estas colonias son, y por derecho deben ser, estados libres e independientes; que están absueltas de toda obligación de fidelidad a la corona británica: que toda conexión política entre ellas y el estado de la Gran Bretaña, es y debe ser totalmente disuelta, y que como estados libres e independientes, tienen pleno poder para hacer la guerra, concluir la paz, contraer alianzas, establecer comercio y hacer todos los otros actos que los Estados independientes pueden por derecho efectuar. Así que, para sostener esta declaración con una firme confianza en la protección divina, nosotros empeñamos mutuamente nuestras vidas, nuestras fortunas y nuestro sagrado honor.1 En la declaración se establece la línea a seguir en la mayoría de los países occidentales que también buscaban lo mismo, pero no encontraban el peso moral que les hiciera pensar que era posible.

Pero los que si creyeron fueron los franceses, cuando con una revolución abiertamente burguesa y tan clasista como el sistema que combatían consiguieron ahí sí, establecer a la democracia como sistema de gobierno, dando prioridad a la libertad, la igualdad, la participación, respeto al pluralismo y a la diversidad. Francia se convirtió en la nación donde caben todos, tanto propios y extraños, pero todo ello iba incluido en el sayo de lo que hoy conocemos como democracia. De esa lucha se desprenden lo que hoy conocemos como los derechos del hombre y del ciudadano constituidos en la declaración de los franceses de la siguiente forma: “Los representantes del pueblo francés, constituidos en Asamblea Nacional, considerando que la ignorancia, el olvido o el menosprecio de los derechos del hombre son las únicas causas de las calamidades públicas y de la corrupción de los gobiernos, han resuelto exponer, en una declaración solemne, los derechos naturales, inalienables y sagrados del hombre (…)Artículo uno.- Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos. Las distinciones sociales sólo pueden fundarse en la utilidad común. Artículo 2.- La finalidad de toda asociación política es la conservación de los derechos naturales e imprescriptibles del hombre. Tales derechos son la libertad, la propiedad, la seguridad y la resistencia a la opresión.

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1 Declaración de independencia de los Estados Unidos. 04 de julio de 1776

Artículo 3.- El principio de toda soberanía reside esencialmente en la Nación. Ningún cuerpo, ningún individuo, pueden ejercer una autoridad que no emane expresamente de ella. Artículo 4.- La libertad consiste en poder hacer todo aquello que no perjudique a otro: por eso, el ejercicio de los derechos naturales de cada hombre no tiene otros límites que los que garantizan a los demás miembros de la sociedad el goce de estos mismos derechos. Tales límites sólo pueden ser determinados por la ley”2

Así se constituye la democracia en el planeta. Con los aportes sobre las formas de gobierno que hicieron Platón y Aristóteles, las luchas libertarias de las trece colonias en lo que hoy conocemos como los Estados Unidos y la lucha por los derechos liberales y económicos que realizaron los franceses en la revolución. Todo lo que viene de ahí en adelante corresponde a definiciones y análisis que se han hecho en torno a lo que es la democracia y a como debería ser como sistema político de gobierno, pero es precisamente cuando se profundiza en las definiciones cuando aparecen de relieve los problemas de la democracia, que independiente de ello, es la forma de gobierno más extendida en el mundo occidental y se sigue defendiendo como un valor superior.

El concepto.

De esa manera llegamos entonces a entender que la democracia es el gobierno del pueblo, el término deriva del griego demokrati, acuñado a partir de demos (“pueblo”) y kratos (“gobierno”) y le establece la responsabilidad de la soberanía. Luego de esto vienen las diversas vertientes o corrientes para entender la democracia en términos prácticos, pues pareciera que de forma general no fuera comprendida o al menos practicada según el espíritu de la definición. De esa manera aparece la democracia directa donde la población es quien toma las decisiones por la

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2 Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano (26 de agosto de 1789)

metodología de las mayorías y los consensos entre ellas; la democracia representativa, donde la población confía su participación a unos líderes que representan su visión de la sociedad y de los intereses sobre las prioridades; la democracia participativa pretende que la población opine y participe de forma más activa en la toma de las decisiones que afectan al grupo, que sea una participación responsable y no una actitud contumaz que permite que unos pocos decidan por las mayorías.

Pero con todas estas variables que se le insertan a la democracia tratando de hacerla funcional y efectiva, se cruza en su devenir una cantidad de defectos o de enemigos en palabras de T. Todorov, 2012, según lo expresa en su libro: Los enemigos íntimos de la democracia.

Los defectos que amenazan la democracia.

Para el filósofo búlgaro Tzvetan Todorov que termino viviendo en Francia estos se reducen al mesianismo, el ultraliberalismo y el populismo. Lo más asustador de este peligro es que proviene de la propia esfera democrática, cuando los valores y mecanismos mutuamente compartidos adquieren una “desmesura” (hybris), o sea, un uso excesivo y distorsionado de tales valores. Esto resulta cuando los ideales de la vida democrática como progreso, libertad o pueblo son absolutizados a tal punto que se transforman en elementos de coerción de las sociedades y los individuos. En palabras de Todorov: “El pueblo, la libertad, el progreso son elementos constitutivos de la democracia; pero si uno de ellos rompe su vínculo con los demás, escapando a todo intento de limitación y se erige en principio único y absoluto, esos elementos se convierten en peligros: populismo, ultraliberalismo y mesianismo, los enemigos íntimos de la democracia.” (Todorov, op. cit.: 13).

Todorov intenta demostrar que a diferencia de lo que es difundido permanentemente por los políticos en general, el islamismo integrista y los grupos terroristas jihadistas (como a Al-Qaeda) no representan una amenaza significativa para las democracias occidentales si son comparadas con aquellas formas totalitarias ocurridas durante el siglo XX, tales como el comunismo o el nazifascismo. Aquella es una perspectiva errada, construida intencionalmente para ocultar los verdaderos riesgos que enfrentamos en los días actuales, pues el peligro realmente imperante consiste en las nefastas fuerzas internas que la propia democracia produce y, de esta manera, combatirlas y neutralizarlas es bastante más difícil, en la medida que ellas invocan el espíritu democrático cuando en realidad se encuentran corroyendo sus mismos pilares. Como decía Blaise Pascal “Nunca se hizo tan perfectamente el mal como cuando fue de buena voluntad”, es el Mal surgiendo del Bien.

En la historia humana la búsqueda del Bien frecuentemente se irguió a partir del convencimiento de que los otros precisan de ayuda y “salvación”, razón por la cual me transformo en la encarnación de la misión de construir la redención universal. Este mesianismo se expresó en diversos momentos históricos –en las guerras revolucionarias y coloniales, así como en el proyecto comunista–, pero en la forma contemporánea él se viste con los ropajes de los valores democráticos universales, cuando no son simplemente deseos de poder y riqueza travestidos de humanismo.

Así, surge en primer lugar el llamado “derecho de injerencia”, es decir, si en un determinado país se realizan violaciones a los derechos humanos, otros países pueden decidir utilizar su poderío para evitar que dichas violaciones se continúen consumando (Kosovo). Otra modalidad de este nuevo mesianismo ha sido acuñada con el nombre de “guerra contra el terrorismo” en que se torna valida e imprescindible la ocupación de un determinado país en el caso de que este sea utilizado como base de operaciones de grupos terroristas (Afganistán). En otras situaciones, la guerra preventiva considera legítima la utilización de la fuerza para liberar al conjunto de la humanidad de algún peligro inminente. Finalmente, existe la formula de la denominada “guerra humanitaria”, en que también se produce la imposición por la fuerza a otros países o naciones de los valores universales, utilizando para ello intervenciones militares con ocupación territorial, como ha sido evidente en los casos de Irak o de Libia.

L
a otra forma que la democracia posee para convertirse en su propia enemiga, se relaciona con la pérdida del equilibrio que debería existir entre el poder consagrado al pueblo y la libertad de los individuos.
En este caso, el vínculo que se establece entre la soberanía popular y la autonomía de la persona –nos advierte Todorov- necesita tener una limitación mutua en la cual “el individuo no debe imponer su voluntad a la comunidad, y ésta no debe inmiscuirse en los asuntos privados de sus ciudadanos.” (Todorov, op. cit.: 12).

La oposición entre populismo y ultraliberalismo nos convoca entonces a pensar sobre los límites que es indispensable establecer para que ambas dimensiones se mantengan en equilibrio, aún cuando, parafraseando a Norbert Elías, esto se dé a través de un “equilibrio móvil de tensiones”. Siempre existe el peligro de que la consagración de lo popular pueda transformarse en la encarnación del bien colectivo y, consecuentemente, alimentar la idea de que ciertos valores como la patria, la nación, la raza o la comunidad, deben ser compartidos por la totalidad de los seres humanos. Si el equilibrio es inestable, ello implica que se puede transitar fácilmente para expresiones de autoritarismo, xenofobia, racismo e intolerancia a la diversidad, cuando lo diferente es rechazado por constituir una amenaza a la esencia de determinado pueblo.

Generalmente este populismo se presenta bajo la forma de demagogia, prometiendo dar soluciones fáciles a problemas complejos sin existir ninguna certeza de que las podrá cumplir. El populismo representa una política de corto plazo que se limita a proponer salidas tangibles a una audiencia masiva ávida de respuestas – comúnmente a través de un contacto directo en espacios públicos – y cuyos miedos son exacerbados. En la experiencia reciente, el populismo europeo viene atacando el multiculturalismo argumentando que él encarna un serio peligro para la identidad nacional.

De esta manera, el populismo hipertrofiado impide reconocer la humanidad de los otros y disemina la intolerancia de aquello que es diferente. Por eso la democracia corre un grave riesgo cuando es substituida por el populismo, “que pasa por alto la diversidad interna de la sociedad y la necesidad de plantearse las necesidades del país a largo plazo, más allá de las satisfacciones inmediatas.” (Todorov, op. cit.: 184).

Las perlas del caso colombiano.

Para el caso colombiano, la estela de defectos no terminan con las precisiones que hace Todorov, si no que se insertan en asuntos más sensibles y fuertes si se quiere llamar así toda vez que muy a menudo se ve involucrado el compromiso de la vida de la población en general y de dirigentes políticos.

Es así como debemos agregar la corrupción generalizada e indiscriminada que corroe todas las esferas de la sociedad, desde la empresa privada hasta el espacio culmen que es el sector publico. La entrega de dadivas para la obtención de contratos de obra pública, la exigencia de las mismas, las licitaciones orientadas a beneficiar a un contratista determinado y en general, todo lo que conlleva el interés inapropiado por los recursos públicos, que terminan haciendo que los contratos no los ejecuten los más capacitados y terminen costando más dinero del que verdaderamente debió gastarse.

La corrupción también tiene un brazo electoral en época de elecciones, cuando a los votantes se les seduce o compra con dinero, mercados, artículos para el hogar, o en el peor de los casos con bebidas alcohólicas, todo ello para que deposite su voto, por el candidato que ofrece las dadivas. Eso hace que una jornada electoral sea altamente costosa por los incentivos ilegales que brindan los candidatos, pero con el agravante que quienes no tienen esa capacidad económica no pueden participar en la jornada democrática.

También se encuentra la participación activa de grupos armados ilegales, donde por la vía de la persuasión o la amenaza imponen sus propios candidatos a la población. El culmen de ello se dio a posteriori del denominado Frente Nacional, cuando la toxica paridad política en el ejecutivo y función judicial, nos dejó como herencia la desinstitucionalización gracias al ”gamonalismo”, la política “caciquerìl” y la corrupción rampante que ha sobrevivido hasta hoy con carta del 91 a bordo. No debemos olvidar el episodio de los grupos criminales arropados en diversidad de cosmética ideológica que arribaron al congreso de la república en porcentaje del 30%; no así, la Corte Suprema de Justicia logró establecer que era más del 50% y que no solo correspondían a congresistas, si no a personas con cargos dentro de la estructura del Estado, bien sea en gobernaciones, alcaldías y ministerios del alto gobierno.

Los grupos armados en Colombia siguen ejerciendo presión sobre el elector, y lo hacen grupos de tinte narco-militar-subversivo, bandas delincuenciales y organizaciones criminales organizadas que siguen operando en gran parte del país. Se constituyen en una amenaza abierta para la democracia y en general para la participación política.

Conclusión.

Para el caso colombiano la democracia en los términos nobles y altruistas de libertad e igualdad sigue siendo una ilusión, pues ella se ve constantemente golpeada por populismos que se creían superados, por un sistema económico corrompido que la tiene secuestrada para privilegiar la oligarquía que gobierna el país, por encima de los millones de colombianos que padecen cualquier cantidad de necesidades, pero como si no bastara, también causa perjuicio la vena abierta que representa la corrupción y los grupos armados ilegales.

Según profundos y estructurales estudios que he venido consultando, los denominados partidos políticos y movimientos, jamás han representado el interés de la colectividad o interés general, solo responden a intereses de camarillas. El poder político y económico lo ostenta un grupo de personas que desde hace más de un siglo no lo entregan, han vivido del Estado por generaciones y se encuentran agazapados en el poder sin brindar ningún asomo de solución a los grandes problemas del país. Increíblemente este, con todos y los conflictos se mantiene en una estabilidad admirable e increíble, pues con todos los populismos, corrupción, grupos armados y la abismal desigualdad social, en Colombia, todavía la democracia vive.

En general para el mundo, es la representación material más evidente de un sistema peligroso, entendido así desde los griegos, pues se trata de algo donde aparentemente gobiernan las mayorías, pero estas son proclives a dejarse dominar por una minoría poderosa que goza de mejor posición dentro de la sociedad. Es el típico caso del idealismo de una aristocracia, pero que está a su vez en el caso colombiano ha degenerado en la más vulgar de las oligarquías, pues se lucra de forma incesante cada vez abriendo una brecha de desigualdad enorme dentro de la sociedad.

Se puede concluir entonces que el actual proceso de democratización ha sido bastante exitoso en tanto a la expansión de la democracia a escala mundial, pero precisamente pone en peligro el modelo de la democracia pluralista. La variante de la democracia de masas promueve una cultura popular del consumismo apolítico y fomenta un incremento irracional de la demanda universal por un mejor nivel de vida. Todo esto genera una irreversible entropía social, que se manifiesta en la disipación continua de toda energía, en la desintegración de las instituciones que garantizan el orden, en el incremento de una descomposición de normativas estructurantes, en la declinación cualitativa de las actividades científicas, artísticas y literarias, en formas exorbitantes de consumo masivo (insostenibles a largo plazo) y finalmente en tendencias autodestructivas a nivel mundial (por ejemplo el incremento de la criminalidad y la inseguridad, la aparición de dilatadas guerras civiles sin metas claras y, con respecto a nuestra base misma de la vida, la destrucción incesante del medio ambiente, que en el primer cuarto del siglo XXI nos visita con la sombra negra del covi-19, anunciando muchos más pandemias que pondrán en jaque la vida en el planeta tierra).

La democracia de masas convive muy bien con la manipulación que emana de los medios de comunicación y con desarreglos ecológicos a escala global.
La moderna cultura populista agrava estas características mencionadas. Los parlamentos pueden terminar como meras instancias de aclamación de las decisiones tomadas por la alta burocracia del Poder Ejecutivo. Se acaban las grandes concepciones y la política se convierte en una actividad ligera y desechable, como una moda efímera y cambiante. Se diluyen las comunidades solidarias ante la precariedad ciudadana y la ausencia del Buen Vecino. La autonomía individual se reduce a la elección libre de objetos de consumo.

Desde la Antigüedad clásica se sabe que, bajo ciertas circunstancias, los regímenes democráticos pueden degenerar y convertirse en sistemas autoritarios. En cambio una genuina democracia está basada en factores argumentativos y deliberativos, y estos últimos no son el fuerte del actual modelo civilizatorio. Es nuestro deber el fortalecer esos aspectos críticos, porque en última instancia la supervivencia del género humano depende de ello. FZV-21

Referencias bibliográficas.

Aristóteles, La Republica. Traducción de Estela Garcia Fernandez. Ediciones Istmo.
Madrid 2005

Dalh, R. La democracia. Madrid. 1999

Declaración de independencia de los Estados Unidos. 04 de julio de 1776

Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano (26 de agosto de 1789)

Mansilla, H. Las debilidades de la democracia y la entropía social. Biblioteca Fajardo Saavedra de Pensamiento político hispánico.

Platón, Diálogos. Traducción de Juan Bergua. Edición. Clásicos Bergua, 5ta edición.
Madrid. 1968

Tzvetan Todorov. Los enemigos íntimos de la democracia. Galaxia Gutemberg.
Barcelona. 2014.

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En la selecta colección de Escuela del Buen Vecino, tenemos de regreso del constitucionalista Francisco Zapata Vanegas con su entrega sobre la democracia amenazada. Imagen archivo forochat.com.co